martes, 4 de agosto de 2026

GENTE QUE SE DETIENE

 Hace unos días, un familiar mayor tropezó por culpa de una baldosa levantada. Cayó al suelo. El golpe fue el de una caída, pero el verdadero impacto vino después, cuando aparecieron dos personas que decidieron no seguir de largo.


Una pareja se acercó enseguida para ayudarla. Él se llamaba Jesús, enfermero recién jubilado. Con calma revisó los rasguños, comprobó que no hubiera lesiones importantes y preguntó:


—¿A quién hay que llamar para que vengan a recogerte?



Mientras esperaban, hicieron algo que probablemente fue tan importante como las primeras curas. La acompañaron hasta una terraza cercana, la sentaron con ellos y la invitaron a un refresco y a unas patatas fritas.


«Después de un susto, todo se lleva un poco mejor con algo de calma», dijeron.


Y entonces ocurrió lo más valioso.


No solo miraron sus heridas. La miraron a ella.


Le preguntaron por sus hijos, por sus nietos, por las cosas que le gustaba hacer. Volvían de vez en cuando a observar la caída, el hielo, comprobar que estaba bien… y seguían conversando. Sin prisa. Sin mirar el reloj. Haciéndole sentir que, en ese momento, era lo único importante.


Cuando llegamos al lugar, no encontramos angustia. Encontramos sonrisas, tranquilidad y una escena profundamente humana.


Una pareja que estaba sentada en la mesa de al lado comentó:


—Si algún día me pasa algo a mí, ojalá encuentre gente como Jesús.


Y pensé que tenían razón.


Porque ayudar no es solo levantar a alguien del suelo. No es únicamente curar un rasguño o acercar una bolsa de hielo.


Ayudar también es sostener el miedo. Es mirar a los ojos. Es escuchar. Es hacer sentir al otro que no está solo.


Vivimos en un mundo donde la prisa parece haberse convertido en la medida de todas las cosas. Vamos de una tarea a otra, con la agenda llena y la atención fragmentada. Sin embargo, hay personas que, cuando la vida les pone delante el sufrimiento de otro, hacen algo extraordinariamente sencillo: deciden detenerse.


Y, al detenerse, regalan presencia. 


Quizá esa sea una de las formas más profundas de la compasión: no hacer grandes gestos, sino ofrecer el bien más escaso de nuestro tiempo, una atención plena, una presencia serena y un corazón disponible. 


A veces pensamos que cambiar el mundo exige hazañas extraordinarias. Pero quizá el mundo cambie cada vez que alguien, como Jesús y su compañera, decide parar el reloj para cuidar de una persona que acaba de tropezar. A veces basta con quedarse.


Porque hay caídas que se curan con una tirita.


Y hay otras que empiezan a sanar cuando alguien se sienta a tu lado y te recuerda, con su presencia, que todavía existe mucha bondad en el mundo.


Alma Arconada

#caminandoconalma #pensamientosparaelcamino 

jueves, 16 de julio de 2026

LO QUE SI PUEDO CUIDAR

 A veces resulta curioso cómo algunas personas te hacen responsable de lo que ellas han interpretado o construido en su propia mente.

A unas palabras les atribuyen una intención. A esa intención le añaden un juicio. Y desde ese juicio aparecen el enfado, la decepción o la distancia. Entonces parece que la responsabilidad de todo ello recae sobre ti.

Lo que más me llama la atención no es la diferencia de interpretación. Eso es profundamente humano. Lo difícil es cuando desaparece la curiosidad por comprender al otro y ya no hay espacio para preguntar, contrastar o dialogar, solo reprochar.

Por supuesto, puedo equivocarme. Puedo expresarme de manera poco acertada, no encontrar las palabras adecuadas o generar un impacto que nunca pretendí. En esos casos, me toca escuchar, aprender, pedir disculpas y buscar hacerlo mejor la próxima vez.

Y una vez pedido perdón por el impacto no deseado, y expresada la mejora para la próxima vez, si eso no basta, la conversación pasa de la incomodidad, a la incredulidad, incluso a la indefensión.


Cuando llego a casa busco un lugar tranquilo. Un espacio donde el silencio me ayude a escucharme.

Y me pregunto:

¿Qué emociones me están atravesando?

¿Hay algo que pueda aprender o mejorar?

¿Qué depende realmente de mí?

¿Estoy intentando satisfacer expectativas que no me corresponden?


Poco a poco, la respiración serena el ruido.


Me sosiego.


Me habito.


Y desde ese lugar recuerdo que no puedo controlar cómo los demás interpretan mis palabras. Solo puedo cuidar mi intención, mi presencia y la forma en que elijo comunicarme.


Hoy elijo seguir caminando siendo fiel a mis valores y a mis principios.


Lo que depende de mí lo abrazo con responsabilidad.


Lo que no depende de mí lo suelto.


Porque la paz no nace de controlar la mente de los demás, sino de habitar la propia con conciencia y serenidad.​​​​​​​​​​​​​​​​


Alma Arconada 

#caminandoconalma #pensamientospararlcamino 

domingo, 3 de mayo de 2026

Feliz Día de la Madre

 Ser madre es una experiencia que llena profundamente mi corazón.

Me expande… y al mismo tiempo me vuelve vulnerable.


Me hace grande porque implica acompañar, guiar, sostener, apoyar… y también aprender a soltar, a dejar que vivan su propio camino. Y eso es tan hermoso como delicado.


Y me hace vulnerable porque en ese mismo camino aparecen la fragilidad, la duda, los errores. Porque no hay manual perfecto, y porque amar tanto también implica exponerse.


Mis hijas, con su amor, me invitan constantemente a mirarme. En muchas de sus acciones me veo reflejada. A veces con orgullo, al reconocer los valores y fortalezas que han ido creciendo en ellas. Otras veces con cierta incomodidad, al encontrar también esas limitaciones que siguen siendo parte de mí.


Y es justo ahí, en ese espejo, donde nace la oportunidad de crecer.

Desde la honestidad de reconocer que no lo sé todo.

Desde la humildad de poder decir “me equivoqué”.

Desde la presencia de un “te quiero” sentido y verdadero.


Ser madre es, en esencia, un camino de transformación continua. Un aprendizaje constante que me invita a estar más consciente, más abierta, más humana.


El mejor regalo de mi vida sois vosotras, Sara y Lucía.


Gracias por todo lo que me dais.

Os quiero 


miércoles, 28 de enero de 2026

ABRAZANDO MIS OBJETIVOS

Acaba de empezar el año y, a veces, parece que hay prisa.

Prisa por tenerlo todo claro, decidido, organizado.

Prisa por haber trazado ya el mapa completo de los próximos doce meses.



Parece que, si en la primera semana no tenemos definidos nuestros propósitos, si no sabemos exactamente hacia dónde vamos, ya vamos tarde.

Como si hubiera que resolver los 365 días desde el primer lunes de enero.


Incluso aparece ese concepto tan conocido: el Blue Monday, el llamado “lunes azul”, considerado el día más triste del año. Suele caer a mediados de enero, cuando baja la motivación tras las fiestas y nos reencontramos con la rutina.

Y me pregunto: si acabamos de empezar… ¿por qué ya hablamos de desmotivación?


Pues no.

No voy tarde.


Se vale no tenerlo todo claro.

Se vale empezar despacio.

Se vale escuchar antes de exigirse.


Esto va de planear con intención, honrando y respetando los tiempos.

Mis tiempos.


Yo me he regalado estas dos preguntas, sin prisa:


¿Cómo quiero vivir este año, más allá de lo que “debería” hacer, más allá de las autoexigencias?

¿Qué persona quiero ser?


¿Cómo puedo acompañarme para caminar hacia ahí?


Mi objetivo no es cambiarme a la fuerza, sino habitar con más consciencia la persona que ya estoy siendo y permitir que evolucione.

Cultivar la persona que sueño ser, mirándome con ternura y sin juicio.


Quizá este proceso me lleve todo el año.

Y está bien así.

Disfrutaré del camino, viviendo cada día como un regalo, con gratitud, como una oportunidad.


Y entonces, con la mano en el pecho y respirando conscientemente, me digo:


Camino hacia la persona que quiero ser, paso a paso y con amabilidad.

Estoy contigo.

Me habito.


Alma Arconada 

#caminandoconalma #pensamientospararlcamino


 



miércoles, 24 de diciembre de 2025

FELIZ NAVIDAD 2025

Me pregunto qué es para mí la Navidad.


Y la respuesta no es una sola.

Es un conjunto de cosas, emociones y vivencias;

de contrastes y de diversidad que conviven en armonía.



Para mí, la Navidad es encuentro.

Es familia.

Es celebración compartida.


Es solidaridad.

Es generosidad.

Es música que suena: cantar con la guitarra junto a mis hijas,

crear vínculos y recuerdos.

Es una partida de Rummikub alrededor de la mesa,

risas que alivian, tiempo regalado.


Pero también es duelo.

Es ausencia.

Ya no están mis padres.

Y hay sillas vacías que nadie ocupa,

silencios que dicen más que las palabras.


La Navidad es logística:

poner la mesa, quitar la mesa, limpiar, organizar comidas.

Es prisa.

Es cansancio.

Me encantan los encuentros,

pero me sobran algunas comidas.


Y, aun así, también es una invitación a parar.

A valorar lo sencillo.


Porque la vida se encuentra en los pequeños detalles,

en los gestos cotidianos,

en esos instantes que, sin hacer ruido,

nos devuelven a lo esencial.


La Navidad es silencio.

Es escucha.

Es presencia.


Es fe y misterio.

Un Dios que se hace niño.

Pequeño.

Frágil.

Tierno.


Que el espíritu de ese Dios hecho niño

nos llene de paz y humanidad,

que nos inspire a vivir con mayor consciencia,

más presentes,

más humanos.


Tal vez la Navidad no sea eliminar lo que incomoda,

sino aprender a vivirla con todo lo que es

y con todo lo que trae.


Celebrarla así.

Entera.

Real.

Con gratitud.


Feliz Navidad

y un año lleno de gratitud.

Alma Arconada 

#caminandoconalma #pensamientospararlcamino 





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