A veces resulta curioso cómo algunas personas te hacen responsable de lo que ellas han interpretado o construido en su propia mente.
A unas palabras les atribuyen una intención. A esa intención le añaden un juicio. Y desde ese juicio aparecen el enfado, la decepción o la distancia. Entonces parece que la responsabilidad de todo ello recae sobre ti.
Lo que más me llama la atención no es la diferencia de interpretación. Eso es profundamente humano. Lo difícil es cuando desaparece la curiosidad por comprender al otro y ya no hay espacio para preguntar, contrastar o dialogar, solo reprochar.
Por supuesto, puedo equivocarme. Puedo expresarme de manera poco acertada, no encontrar las palabras adecuadas o generar un impacto que nunca pretendí. En esos casos, me toca escuchar, aprender, pedir disculpas y buscar hacerlo mejor la próxima vez.
Y una vez pedido perdón por el impacto no deseado, y expresada la mejora para la próxima vez, si eso no basta, la conversación pasa de la incomodidad, a la incredulidad, incluso a la indefensión.
Cuando llego a casa busco un lugar tranquilo. Un espacio donde el silencio me ayude a escucharme.
Y me pregunto:
¿Qué emociones me están atravesando?
¿Hay algo que pueda aprender o mejorar?
¿Qué depende realmente de mí?
¿Estoy intentando satisfacer expectativas que no me corresponden?
Poco a poco, la respiración serena el ruido.
Me sosiego.
Me habito.
Y desde ese lugar recuerdo que no puedo controlar cómo los demás interpretan mis palabras. Solo puedo cuidar mi intención, mi presencia y la forma en que elijo comunicarme.
Hoy elijo seguir caminando siendo fiel a mis valores y a mis principios.
Lo que depende de mí lo abrazo con responsabilidad.
Lo que no depende de mí lo suelto.
Porque la paz no nace de controlar la mente de los demás, sino de habitar la propia con conciencia y serenidad.
Alma Arconada
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